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El
Autoconcepto aparece en la bibliografía especializada de las últimas
décadas como un concepto central en un gran número de
investigaciones de la Salud, la Psicología y las Ciencias de la
Educación.
Su importancia en el bienestar personal, en el
éxito profesional, en las relaciones sociales y en el rendimiento
académico, han sido, entre otros muchos, centros de interés de
multitud de profesionales de las Ciencias Humanas y Sociales; no
sólo desde el paradigma de la Psicología fenomenológica, sino que
también ha sido abordado, con más o menos centralidad, por la
Psicología social, por el psicoanálisis y por algunos psicólogos del
paradigma de la Psicología cognitivo-conductual de los últimos
tiempos.
Tanto el autoconcepto,
como la autoestima, como otros constructos similares, tienen un
carácter holístico, permiten, de alguna manera, resumir el
sentimiento general de bienestar de una persona, y esto los hace
atractivos para la investigación. El autoconcepto se revela como una
de las variables fundamentales de muchos trabajos de investigación
sea una de las variables fundamentales del desarrollo personal y
social de los individuos; de tal forma, que niveles
significativamente bajos en esta variable llevan indefectiblemente a
generar (se plantea una relación de causalidad circular) problemas
en las relaciones con los demás, problemas de rendimiento escolar,
sentimientos de incompetencia para realizar determinadas actividades
de la vida cotidiana y, en definitiva, un sentimiento de infelicidad
y auto desprecio que invade a toda la persona.
Autoestima: Definición
Existen infinidad de
definiciones que tratan de explicar lo que es autoestima, por
ejemplo, Pérez-Mitre (1981), entiende autoestima como un juicio de
valores referidos a sí mismo; es un proceso psicológico cuyo
contenido es determinado socialmente.
Coopersmith
(1976), dice que la autoestima es la actitud favorable o
desfavorable que el individuo tiene hacia sí mismo.
McGuigan (1974),
ve la autoestima como algo que contribuye a la formación del yo
moral.
Un punto de
vista diferente lo tiene Fitts (1965), quien opina que factores como
el yo físico, el ético-moral, el familiar, el social, la auto
aceptación, entre otros, son elementos determinantes de la
autoestima.
Sherif y Sherif
(1969), al hablar de autoestima argumentan que ésta se forma como un
resultado de la internalización del individuo de las normas y
valores del grupo social.
Palladino (1992), define
autoestima como un estado mental, la manera en que se experimenta
externamente la vida. Dice que ésta se encuentra constituida por
sentimientos aprendidos, y que es confianza, valoración y respeto
por uno mismo.
Virginia Satir
(1991), ve la autoestima en el mismo plano que Palladino, y dice que
es como un concepto, actitud, imagen, o sentimiento que está
representada por la conducta. Además agrega que la autoestima es la
capacidad de valorar el yo y tratarnos con dignidad, amor y
realidad.
Una forma clara de entender el concepto de autoestima
es la que plantea Branden (1993), correspondiente a "una sensación
fundamental de eficacia y un sentido inherente de mérito", y lo
explica nuevamente como la suma integrada de confianza y de respeto
hacia sí mismo. Se lo puede diferenciar de autoconcepto y de
sí-mismo, en que el primero atañe al pensamiento o idea que la
persona tiene internalizada acerca de sí misma como tal; mientras
que el sí-mismo comprende aquel espacio y tiempo en que el Yo se
reconoce en las experiencias vitales de importancia que le
identifican en propiedad, algo así como el "mi".
Como lo indican
estas definiciones, la autoestima es un factor de suma importancia
para el óptimo desarrollo de la persona, para su plena realización y
su genuina identidad.
Tomando esto en cuenta, se
coincide con Palladino y Satir en el concepto de autoestima, sin
embargo, para fines de esta investigación se retoma la definición de
Coopersmith (1976), quien señala que la autoestima es una actitud
sea favorable o desfavorable, que el individuo tiene hacia sí mismo.
Investigaciones Sobre El Concepto De Autoestima/Autoconcepto
Dentro del ámbito educativo, Gimeno (1976);
Rodríguez (1979
y
1982);
Garanto, Mateo, y Rodríguez (1985);
Núñez (1993);
Sánchez (1986);
Julián (1987);
Elexpuru (1992);
y Medrano (1987);
entre otros, han centrado su preocupación en aclarar las relaciones
entre el autoconcepto y el rendimiento académico.
Dentro de este contexto escolar, existe un conjunto
de investigaciones centradas en la preocupación de la integración
personal y social de los alumnos con Necesidades Educativas
Especiales y /o con Dificultades de Aprendizaje. En estas
investigaciones juega un papel fundamental la medida del
autoconcepto como una de las variables fundamentales del desarrollo
personal y social. Desde este punto de vista, Cambra (1994)
centra su investigación en el estudio de las implicaciones de la
sordera en el autoconcepto de los adolescentes y, paradójicamente,
encuentra, entre otras conclusiones, que los sordos profundos y los
sordos con competencia lingüística y comunicativa inferior son los
que muestran, en algunas dimensiones, un autoconcepto positivo.
González-Pumariega (1995) trata de establecer un modelo de
relaciones causales en los procesos atribucionales, autoconcepto y
motivación en niños con y sin dificultades de aprendizaje; los
resultados obtenidos indican que los alumnos con problemas de
aprendizaje, respecto a sus iguales sin problemas, adoptan patrones
atribucionales desadaptativos, muestran una autoimagen más negativa
y están menos motivados extrínseca e intrínsecamente. Núñez (1995)
dice, en lo que al autoconcepto de los alumnos con dificultades de
aprendizaje se refiere, a conclusiones similares a las anteriores.
Alía (1991),
en un estudio realizado con deficientes físicos y psíquicos,
relaciona estos déficits con bajos niveles en algunas variables
socioafectivas tales como el autoconcepto, el estatus sociométrico y
la adaptación escolar. Monjas, Arias, y Verdugo (1992)
describen a los alumnos con necesidades educativas especiales en
régimen de integración, como alumnos con bajo nivel de aceptación
social y como población de riesgo para las relaciones
interpersonales. García (1998),
en un estudio realizado con alumnos con Necesidades Educativas
Especiales escolarizados en escuelas rurales, destaca niveles bajos
en algunas de las dimensiones del autoconcepto (autoconcepto
académico y autoconcepto general) de estos alumnos, respecto a los
alumnos sin problemas. En este último trabajo también se señala una
gran relación entre el hecho de presentar dificultades de
aprendizaje y el hecho de pertenecer a capas desfavorecidas de la
población.
Juárez (1997),
en un estudio realizado sobre el autoconcepto y las estrategias de
aprendizaje de un grupo de alumnos superdotados, señala que estos
alumnos presentan unos estilos de pensamiento más progresistas, más
globales y más oligárquicos, tienen un menor autoconcepto general y
un mayor autoconcepto académico, que los alumnos en general.
En el terreno de la mejora del autoconcepto en
alumnos con necesidades educativas especiales, Fernández (1988),
trabajando con alumnos con dificultades de aprendizaje, y Orradre (1992)
trabajando con alumnos de inteligencia limítrofe, pudieron comprobar
una mejora significativa en el autoconcepto después de aplicar a los
alumnos un programa de enriquecimiento instrumental basado en los
trabajos realizados por Feuerstein en 1979. Cardona (1993)
analizando una serie de programas alternativos para alumnos con
retraso escolar ligero en el rendimiento de la lectura, escritura y
cálculo, administrados en distintos contextos escolares (integración
en el aula ordinaria, apoyo en aula especial, etc.) encontró
resultados claramente favorables a la modalidad de apoyo
administrada por el propio tutor en el aula. García y Cabezas (1998)
realizaron un programa, con resultados en cierta medida exitosos,
basado en los presupuestos de la Terapia Racional Emotiva, con el
fin de promocionar la autoestima y de las habilidades sociales de un
grupo de alumnos con deficiencia visual grave de la provincia de
Cáceres.
Otros autores se han interesado en establecer
relaciones entre el autoconcepto y otras variables referidas al
equilibrio personal y la salud mental; así, Medrano y Simarro (1990),
administrando el cuestionario de depresión de Beck y el cuestionario
de autoestima de Fitts, opinan que la intensidad de las
correlaciones obtenidas permite resaltar la importancia de la
relación estudiada, de tal forma que el autoconcepto puede ser
considerado un indicador de salud mental. Maldonado (1988)
y Barceló (1990)
consideran el autoconcepto como una variable criterio en el estudio
del tratamiento tanto cognitivo como farmacológico de la depresión.
Tratando este mismo aspecto, Frías (1990)
estudia las relaciones entre autoestima y depresión en la población
infantil valenciana, llegando a la conclusión de que la baja
autoestima es un síntoma destacado y de importancia relevante dentro
de la sintomatología depresiva, estando ambos constructos
íntimamente relacionados. Jasia de Laconcelia (1990)
compara el autoconcepto de un grupo de adultos alcohólicos y otro de
no alcohólicos, concluyendo que el alcoholismo influye negativamente
en el autoconcepto, así como en la labilidad emocional, la
agresividad y la soledad.
Las repercusiones de la salud física sobre el
autoconcepto tampoco han pasado desapercibidas a los investigadores.
De esta forma, López (1991)
estudia las repercusiones de la reconstrucción mamaria tras la
extirpación de tumores y llega a la conclusión de que la
reconstrucción mamaria, (en contra de las mujeres que no admiten la
reconstrucción), mejora en alto grado la imagen corporal, las
relaciones sexuales y la satisfacción personal. Susinos (1993)
realiza un estudio comparativo entre un grupo de niños escolarizados
con enfermedades crónicas (oncológicas, renales, asmáticos,
cardiopatías, etc.) y un grupo de compañeros de clase; esta autora
encuentra diferencias significativas en el autoconcepto a favor del
grupo de alumnos "sanos". En el trabajo de Ortiz (1990)
se confirma la hipótesis planteada que los sujetos parapléjicos
tienen un autoconcepto más bajo que los sujetos no parapléjicos
utilizados como grupo de control.
Existe otro grupo de trabajos en los que el
autoconcepto y/ o la autoestima es puesta en relación con otros
constructos propios del desarrollo personal y social, tales como la
integración social, las habilidades de interacción, las relaciones
familiares y afectivas, etc. En este sentido, Cornella (1981)
trata de demostrar que el mero hecho de haber sido internado en una
institución, puede ser la causa de graves alteraciones en el esquema
personal y social de los individuos y puede repercutir de forma
sensible sobre su inteligencia y su personalidad, entendiendo la
autoestima como una variable de personalidad. Gutiérrez (1989)
llega a la conclusión, a lo largo de su investigación, de que las
diferentes prácticas educativas de los padres determinan, en gran
medida, el nivel de autoconcepto de sus hijos y su esquema de
valores; asimismo, estas dos últimas variables pueden determinar el
repertorio de conductas prosociales en los niños y su nivel de
integración escolar.
La elección vocacional y el ejercicio profesional han
sido también estudiados bajo la óptica del autoconcepto. Así, Aloy (1990)
realiza un estudio comparativo en relación a ciertas variables
diferenciales entre un grupo de profesores de F.P. y otro de BUP,
encontrando diferencias significativas en algunas de las variables
estudiadas, entre ellas el autoconcepto. Oñate (1988)
realiza un estudio comparativo del autoconcepto, entre otras
variables, en alumnos de distintas facultades, encontrando algunas
diferencias entre los distintos grupos analizados. Romia (1979)
estudia el autoconcepto como núcleo de la autodeterminación personal
y vocacional, llegando a la conclusión que el autoconcepto está en
la base de los alumnos con problemas en la orientación escolar y
laboral y, también, está en la base de problemas de personalidad.
El mundo del deporte tampoco ha escapado a los
estudios sobre el autoconcepto. García (1993),
en su trabajo titulado "Factores psicológicos y sociales
relacionados con la motivación deportiva de los adolescentes",
demuestra que las variables que mejor predicen la motivación
deportiva de los adolescentes son, en orden de mayor a menor
importancia, la auto eficacia física, la percepción de la cualidad
por parte del entrenador, el estilo atribucional y la percepción de
la motivación de los iguales por la práctica deportiva.
Formación
El punto de partida para que un niño disfrute de la vida,
inicie y mantenga relaciones positivas con los demás, sea autónomo y
capaz de aprender, se encuentra en la valía personal de sí mismo o
autoestima. Hablar de autoestima es hablar de percepciones, pero
también de emociones fuertemente arraigadas en el individuo. El
concepto encierra no sólo un conjunto de características que definen
a un sujeto, si no además, el significado y la valoración que éste
consciente o inconscientemente le otorga.
La comprensión que el individuo logra de
sí mismo (por ejemplo, que es sociable, eficiente y flexible) está
en asociación con una o más emociones respecto de tales atributos. A
partir de una determinada edad (3 a 5 años) el niño recibe
opiniones, apreciaciones, críticas, a veces destructivas o
infundadas, acerca de su persona o de sus actuaciones. Su primer
bosquejo de quién es él proviene, entonces, desde afuera, de la
realidad intersubjetiva. No obstante, durante la infancia, los niños
no pueden hacer la distinción de objetividad y subjetividad. Todo lo
que oyen acerca de sí mismos y del mundo constituye realidad única.
El juicio "este chico siempre ha sido enfermizo y torpe" llega en
forma definitiva, como una verdad irrefutable, más que como una
apreciación rebatible. La conformación de la autoestima se inicia
con estos primeros esbozos que el niño recibe, principalmente, de
las figuras de apego, las más significativas a su temprana edad. La
opinión "niño maleducado" si es dicha por los padres en forma
recurrente, indiscriminada y se acompaña de gestos que enfatizan la
descalificación, tendrá una profunda resonancia en la identidad del
niño.
En la composición de la valía personal o
autoestima hay un aspecto fundamental que tiene relación con los
afectos o emociones. Resulta que el menor se siente más o menos
confortable con la imagen de sí mismo. Puede agradarle, sentir
miedo, experimentar rabia o entristecerlo, pero en definitiva y, sea
cual sea, presentará automáticamente una respuesta emocional
congruente con esa percepción de sí mismo. Tal es el componente de
"valía", "valoración" o "estimación" propia. En forma muy
rudimentaria el niño está consciente de poseer (quiéralo o no) un
determinado carácter o personalidad y eso no pasa inadvertido, le
provoca una sensación de mayor o menor disconfort. Inclusive, es más
factible que él identifique muy claramente el desagrado que le
provoca el saberse "tímido", sin tener clara idea de qué significa
exactamente eso. Sólo sabe que no le gusta o que es malo.
Sólo en la adolescencia, a partir de los 11 años
aproximadamente, con la instauración del pensamiento formal, el
joven podrá conceptualizar su sensación de placer o displacer,
adoptando una actitud de distancia respecto de lo que experimenta,
testeando la fidelidad de los rasgos que él mismo, sus padres o su
familia le han conferido de su imagen personal.
Siendo la identidad un tema central de esta etapa,
el adolescente explorará quién es y querrá responderse en forma
consciente a preguntas sobre su futuro y su lugar en el mundo. La
crisis emergente tendrá un efecto devastador si el joven ha llegado
hasta aquí con una deficiente o baja valoración personal. La
obtención de una valoración positiva de sí mismo, que opera en forma
automática e inconsciente, permite en el niño un desarrollo
psicológico sano, en armonía con su medio circundante y, en
especial, en su relación con los demás. En la situación contraria,
el adolescente no hallará un terreno propicio (el concerniente a su
afectividad) para aprender, enriquecer sus relaciones y asumir
mayores responsabilidades.
Desarrollo
Conformarse una autoestima positiva va de la mano con
las distintas tareas del desarrollo que un individuo debe lograr a
lo largo de su infancia, adolescencia y más allá. Como en un proceso
de engranaje, diversas piezas deben calzar y ajustarse para
conformar un todo armónico. Tales piezas no sólo las conforman las
influencias ambientales, sino que también, la salud física y la
maduración del organismo. Para cada fase evolutiva surgen en el niño
distinto tipo de demandas, son necesidades relacionadas con su
instinto de exploración, el deseo de pertenecer a un grupo de
referencia, contar con el respeto de los demás, controlar su entorno
inmediato, ser de utilidad y trascender, entre otros. En la medida
que dichas necesidades obtengan su oportuna y correspondiente
satisfacción, estimularán en el niño o en el adolescente la
sensación de logro y de confianza en sus propias capacidades.
En lo relativo al entorno familiar, Clemes y Bean
(1998) proponen cuatro factores condicionantes para que este proceso
marche normalmente o en forma equilibrada.
1.
Vinculación:
El niño necesita sentirse parte de algo, ya sea su
familia, sus hermanos o una pandilla. Para él es necesario saber que
hay alguien que se preocupa por él, que es necesario e importante
para otro. La vinculación se relaciona también con sentir que tiene
objetos significativos para él y que le pertenecen. Necesita ser
escuchado, tomado en cuenta, que le permitan participar y dar sus
opiniones. El grado de vinculación va a estar en estrecha relación
con la calidez, la apertura para aceptarlo y brindarle seguridad, la
comprensión e incluso el sentido del humor que manifiesten las
personas que lo rodean y que él considera importantes. La
vinculación es necesaria a la vez con lugares y circunstancias que
al niño le producen satisfacción.
2.
Singularidad:
Corresponde a la necesidad de saberse alguien
particular y especial, aunque tenga muchas cosas parecidas a sus
hermanos u otros amigos. La noción de singularidad implica también,
espacio para que el niño se exprese a su manera, pero sin sobrepasar
a los demás. La condición de singularidad también entraña el respeto
que los demás le manifiestan y que será para él un parámetro de la
seriedad con que lo consideran. Otra característica, que promueve la
singularidad, se relaciona con el incentivo a la imaginación. El
hecho de permitirle crear e inventar le sirve para reconocer lo
distinto que puede ser su aporte, fomenta su flexibilidad y la
valoración de sus propias habilidades.
3.
Poder:
La sensación de poder implica que el niño cree que puede hacer lo
que se planea y que en la mayoría de las veces obtendrá éxito. En
las excepciones, es decir, cuando no logra lo que se propone, será
de vital importancia que comprenda la verdadera razón de los
impedimentos y cómo ellos se relacionan con sus futuros propósitos.
Necesita disponer de medios básicos, sobre los cuales él está a
cargo. El niño desarrolla una confianza en sí mismo cuando se le
permite decidir sobre cosas que están a su alcance y que él
considera importantes. El poder se relaciona, también con saber
controlarse ante determinadas circunstancias, como ante la
frustración o el agobio. Cuando aprende una nueva habilidad es
necesario que se le de la oportunidad para practicar lo que ha
aprendido. Permitirle que resuelva problemas a su medida.
4.
Pautas:
Las pautas se relacionan con el sentido que el niño
le otorga a su existencia y a lo que realiza. Requiere de modelos
positivos, que cuando los imite obtenga resultados satisfactorios y
alentadores, a través de los cuales aprenda a distinguir lo bueno de
lo malo. Los niños son como esponjas frente a quienes él considera
importantes. La forma en que los modelos actúan, lo que dicen y cómo
lo dicen, dejará un sello indeleble en su retina. Los patrones
éticos, los valores, los hábitos y las creencias se transmiten a
través de las figuras de apego. Saber por qué ocurren los cambios,
qué sentido tiene el trabajo y qué cosas se valoran a la hora de
decidir, le permitirá desenvolverse con confianza, prediciendo que
si actúa de determinada manera logrará lo que se propone. El orden y
las reglas (dentro de límites razonables) son especialmente
importantes para crear en el niño la sensación de pautas o guías,
que le permitirán conducirse, organizar el tiempo, planificar y
resolver problemas.
Coorpersmith (1967) plantea algunas condicionantes
diferentes, con ciertos aspectos similares, pero que se complementan
con las ya enunciadas.
-
El niño experimenta una
aceptación de sus sentimientos, pensamientos y del valor de su
existencia.
-
El niño se mueve dentro de
límites bien definidos, pero justos, razonables y negociables. De
este modo experimenta una sensación de seguridad. Estos límites
implican normas de conducta posibles de alcanzar, por lo que el niño
tiene la confianza de que podrá actuar y evaluar su comportamiento
según esa vara. No goza de una libertad ilimitada.
-
El niño siente respeto por
su dignidad como persona. Los padres se toman en serio las opiniones
y demandas del niño. Se muestran dispuestos a negociar las reglas
familiares, dentro de ciertos límites. Ejercen autoridad, pero no
autoritarismo. Se interesan por él constantemente y están dispuestos
a dialogar con él cuando éste quiere hacerlo.
-
Los propios padres gozan de
autoestima positiva.
La ausencia o distorsión de cualquiera
de estas condicionantes repercutirá en la manera en que el adulto se
verá a sí mismo y a los demás. La carencia de pautas en el individuo
conllevará al desinterés, a la desadaptación, a actuar en forma
irresponsable y en base a valores difusos. La falta de poder
instigará la dependencia, el sentimiento de inferioridad y la
inseguridad. Las relaciones que el individuo buscará establecer
tendrán una connotación de sumisión y/ o arbitrariedad, pues querrá
obtener el mayor control al mínimo esfuerzo. El adulto que se vio
limitado en su demanda de singularidad, presentará notorias
inhibiciones en su contacto social, será poco flexible y exacerbado
en su afán de perfeccionismo. La escasa o nula vinculación se
manifestará como una actitud de resentimiento, falta de generosidad,
narcisismo y/ o una marcada desconfianza hacia los demás.
No obstante, estas condicionantes distan de
transformarse en reglas. En el fenómeno de la resiliencia,
Kotliarenco (1994), plantea que existen casos de niños que a pesar
de crecer rodeados de un medio con factores de riesgo social y de
vivir permanentemente en situaciones de estrés, logran no adaptarse
a los modelos de su medio y, contra todo pronóstico, llegan a tener
una vida saludable, alcanzan metas académicas, realización personal
y logros económicos. Algunos autores han explicado este proceso con
la presencia de una condicionante básica: la afectividad. El hecho
de que estos niños reciban cariño incondicional de al menos una
persona, puede ser un factor de intervención positiva que altera el
curso del desarrollo, protegiendo a estos menores de la agresión
ambiental.
En el mejor de los casos, la presencia
de las condicionantes en el lecho familiar permitirá un desarrollo
pujante que se completará en forma sucesiva gracias a la cooperación
de otros agentes de vital importancia, como son el grupo de amigos,
las primeras relaciones afectivas con el sexo opuesto, el colegio y
otras instituciones o agrupaciones de referencia. Así, al final del
proceso encontraremos a un adulto íntegro que reúne una serie de
atributos de no fácil detección. En la gestualidad, la expresión y
los movimientos de este adulto se observa armonía y felicidad. Los
logros y fracasos son expuestos de la misma manera, directa y
francamente. Están abiertos a recibir críticas, pues son flexibles y
les interesa obtener el mayor provecho de las posibilidades que le
ofrece la vida. El adulto con autoestima positiva es capaz de
trabajar incesantemente por los objetivos que se ha planteado, es
consciente, a la vez responsable de sus actos. En él está presente
la espontaneidad, se alegra de recibir expresiones de cariño,
mientras que nada lo limita a ofrecer sus propias manifestaciones de
afecto.
En lo corporal y lo relativo a la gestualidad es
posible identificar ciertos indicadores que revelan la presencia de
un adulto con autoestima positiva. Algunos de ellos, adaptados de
Branden (1993) se indican a continuación.
-
Ojos vivaces y brillantes.
Mirada clara.
-
La voz modulada con
intensidad adecuada a la situación. Pronunciación clara.
-
El rostro exhibe un color
natural y una piel tersa (salvo casos de enfermedad).
-
El mentón está erguido de
manera natural.
-
La mandíbula, el cuello, los
hombros y las extremidades están relajadas.
-
La postura es erguida, el
andar es resuelto.
Elementos de Diagnóstico
Existe cierta correspondencia entre los rasgos que
identifican a la personalidad neurótica, descrita por Horney (1984)
respecto a lo que hasta aquí se ha descrito como autoestima baja. En
primer lugar, la necesidad imperiosa o excesiva dependencia de la
aprobación o afecto de parte de los demás. Esa ansía es
particularmente notoria, aunque se demuestre bajo el clisé "y a
quién le importa". El adulto neurótico quiere recibir afecto, pero a
la vez, choca con su propia incapacidad de sentirlo o de ofrecerlo.
Puede mostrarse en exceso amable y afanoso en ayudar a todo el
mundo, pero entre líneas se puede distinguir que actúa bajo
compulsión y no por espontáneo calor afectivo. Por otra parte, está
la inseguridad, que lo lleva a sentirse menos o actuar de manera
inadecuada. Tienen sentimientos de inferioridad, ideas de
incompetencia y de fealdad que pueden no estar realmente fundadas o
en lo cierto. Estas impresiones y sentimientos pueden aparecer bajo
la fachada de preocupaciones y lamentaciones o bien, como
compensaciones de elogios y alardes acerca de sí mismos. Las
personalidades neuróticas presentan además, inhibiciones en su
autoafirmación. Esto es, dificultades para expresar con seguridad lo
que sienten o piensan, para expresar críticas justificadas, tomar
decisiones, oponerse en forma explícita o dar instrucciones. Tienen
que encubrir todas estas necesidades con insinuaciones o modos
rebuscados. No obstante, el defecto en la autoafirmación puede darse
en el sentido contrario, presentándose el individuo en forma
avasalladora, intrusa y hostil. Se sienten engañados u ofendidos con
facilidad, frente a lo cual responde con demandas ofensivas y
presuntuosas.
Las actitudes que describen al adulto con
deficiencias en su auto estimación estarían presentes, de algún
modo, en las personalidades neuróticas. En estas últimas el miedo y
la angustia son piezas claves que mueven al individuo a desarrollar
mecanismos defensivos contra tales temores y alternativas de
solución que conllevan un enorme desgaste energético para ellos. En
un sujeto con baja autoestima el miedo también está presente,
paradojamente es un miedo tanto a ganar como a perder, pues lo que
obtenga de sus intentos no va tener la "cualidad real", si no una
sustitución, lo que dicte la propia percepción de sí
mismo.
Instaurada esta complejidad, el individuo con baja
autoestima idea modalidades especiales a fin de lograr el cariño que
tanto anhela. Lo hace a través del soborno, el llamado a la caridad,
la invocación a la justicia o por medio de las amenazas. En cada uno
de ellos va creciendo la cuota de hostilidad. Sin querer
caricaturizar sus esfuerzos, la manera en que este individuo plantea
su demanda de afecto puede adquirir la forma de clisés o grafitis.
El que soborna pareciera decir "te amo, por lo tanto, debes amarme y
dejarlo todo por mi"; el llamado a la caridad parece expresar
"tienes que amarme, porque sufro y estoy indefenso"; en la
invocación de justicia el mensaje es "he hecho todo esto por ti y tú
¿qué has hecho tú por mi?"; en cambio, el que amenaza plantea
directamente "si no me amas, entonces, ya verás". Finalmente, cuando
ya los recursos anteriores no dan resultado, la llamada puede ser
"de todos modos ya nadie me quiere, así es que mejor me quedo en
este rincón, para que nadie me desprecie".
Es muy factible que el afecto dedicado a tales
personas suscite en ellas desconfianza y ansiedad. Reaccionan como
si ceder a esa libre y sincera expresión los capturara en una
telaraña de sufrimiento, pudiendo experimentar hasta pánico ante la
sospecha de que alguien le ofrece cariño sincero.
En el adulto con autoestima baja, es posible
reconocer algunos de los indicadores siguientes, propuestos por
García, D´Anna et al. (1999).
-
Autocrítica dura y excesiva
que mantiene al individuo en un estado de hipervigilancia e
insatisfacción consigo mismo.
-
Hipersensibilidad a la
crítica, por la que se siente exageradamente atacado, herido. Tiende
a echar la culpa de los fracasos y las frustraciones a los demás (extrapunitivo)
o a la situación (impunitivo). Cultiva resentimientos tercos contra
sus críticos.
-
Indecisión crónica, no por
falta de información, sino por miedo exagerado a equivocarse.
-
Deseo innecesario por
complacer, por lo cual no se atreve a decir un "no rotundo". Puede
más el miedo a desagradar y a perder la buena opinión del
peticionario.
-
Perfeccionismo, como
autoexigencia esclavizadora de hacer "perfectamente" todo lo que
intenta. Esto le conduce a un desmoronamiento interior cuando las
cosas no salen con la perfección exigida.
-
Culpabilidad neurótica, por
la que se acusa y se condena respecto de conductas que no siempre
son objetivamente malas; exagera la magnitud de sus errores y faltas
y/o los lamenta indefinidamente, sin llegar nunca a perdonarse por
completo.
-
Hostilidad flotante. Esto
es, irritabilidad a flor de piel, siempre a punto de estallar aún
por cosas de poca importancia. Actitud propia del hipercrítico a
quién todo le sienta mal, todo le disgusta, todo le decepciona, nada
le satisface.
-
Tendencia defensiva. Es un
negativo generalizado (todo lo ve negro: su vida, su futuro y, sobre
todo, su sí mismo) y una inapetencia generalizada del gozo de vivir
y de la vida misma.
Aunque una baja autoestima no significa
ni es sinónimo de psicopatología, como rasgo se la encuentra
presente en una serie de trastornos de índole psicológico, como
síntoma central, complementario o en combinación con otros. El CIE
-10 , por ejemplo, distingue en la etiología de las fobias sociales,
que suelen acompañarse de una baja estimación de sí mismo y de miedo
a las críticas.
En el adulto y en el adulto mayor, la autoestima
sigue condicionando la satisfacción, independiente de cual sea el
tema central de cada una de estas etapas. Al constituirse por
percepciones y afectos relativamente permanentes acerca de sí mismo,
una parte importante de la autoestima personal se desplaza sin
mayores alteraciones a lo largo de la vida, mientras que otro tanto
sufre leves modificaciones. Las disminuciones de mayor consideración
en la autovalía están en estrecha relación con la intensidad, la
duración, el significado y la amplitud del estímulo gatillante; así
como el estrés adopta distintos índices de gravedad, dependiendo de
la espectacularidad del trauma y su recurrencia. La pérdida de un
ser querido, por ejemplo, puede incidir de manera importante en la
vida afectiva de sus parientes más cercanos. El sentimiento de
culpabilidad (presente en la pareja o el padre) sobreviene después
de la pérdida, convirtiéndose en una incesante fuente de
mortificación y desamparo, al punto que llega a desarrollar un
importante rencor contra sí mismo. La falta crónica de trabajo,
puede despertar gradualmente una sensación de hastío intolerable,
carcomiendo la certeza que el sujeto puede tener acerca de sus
verdaderas capacidades.
Sea o no de manera consciente, el juzgarse y
rechazarse a sí mismo provoca un tremendo dolor. Un adulto normal,
en tales condiciones, se inhibe de asumir riesgos sociales,
académicos o profesionales. Junto a su vida afectiva, la sexualidad
sufre importantes trastornos. Como se señaló anteriormente, el
adulto levanta barreras defensivas. Puede enrabiarse consigo mismo y
con el mundo o sumergirse en un empeño perfeccionista.
O recurre al alcohol o a las drogas.
En el diagnóstico de la valoración de sí mismo es
posible reconocer dos tipos de problemáticas. Para cada una de ellas
la intervención terapéutica requiere de distintas modalidades.
1.
Baja Autoestima Situacional
: Se manifiesta o abarca sólo áreas concretas dentro de la vida del
sujeto. Por ejemplo, una persona puede confiar en sí mismo como
padre, en el círculo social, como cofrade de un determinado credo y
como pareja sexual, pero puede presentar serias aprehensiones o
nulas expectativas de alcanzar logros dentro de su profesión.
2.
Baja Autoestima Caracterológica :
Esta disminución tuvo habitualmente su origen en
experiencias tempranas de abandono, descalificación, abuso o
maltrato. La sensación de "maldad", "culpa", "inmerecimiento" o
"incompetencia" es más global, tendiendo a cubrir varios aspectos o
ámbitos de la vida de la persona. En estos casos la persona con baja
autoestima aparece inhibida en forma permanente y generalizada. Por
ejemplo, un sujeto hosco, que agrede verbalmente a quienes trabajan
con él, se impone una exigencia desmesurada, trata de influir en la
vida pública, no se compromete en forma estable con un pareja
sexual, etc.
Consideraciones Terapéuticas
¿Se puede recuperar la autoestima?.
Desde la mitología griega llegó hasta nuestros tiempos la historia
del artista que esculpió la estatua de una mujer bellísima. Se afanó
tanto en su creación que al concluirla no pudo si no enamorarse de
tal deidad. La Diosa Venus se apiadó de sus súplicas y en premio a
su virtuosismo le concedió vida a la estatua. A partir del mito,
Bernard Shaw escribió la obra teatral Pigmaleón. En ella, un
profesor decide transformar a una rústica mujer en una distinguida
dama, gracias al obstinado aleccionamiento que le proporciona en su
uso del lenguaje. My Fair Lady es el nombre de la comedia musical
que, más tarde obtuvo la fama ya conocida. Si las expectativas de
una persona pueden influir en el comportamiento de otra, esa
influencia también es posible cuando tales esperanzas provienen de
la misma persona. El propio destino se puede crear si existe en las
personas la firme determinación de realizarlo. Quizá se deba partir
entendiendo cómo las ideas y sentimientos que cada uno tuvo acerca
de sí mismo en el pasado, llegaron hoy en día a transformarse en
realidad.
Desde la Psicología misma recibimos
mensajes acerca de lo deseable que es formar a un niño con un "ego
fuerte", que "tenga personalidad" o "carácter". No obstante, el
poseer una idea de este tipo acerca de sí mismo es sólo una
abstracción o idea. En la medida que el joven o el mismo adulto
está preocupado y pendiente de esta idea fija acerca de sí mismo,
pierde el contacto con su vivencia real tal cual ésta fluye.
Mientras esta idea le quita el sueño a una buena parte de la
población, hay quienes ya se creen envestidos de "carácter", parecen
autómatas, útiles a la sociedad, rígidos y predecibles.
Nuestros adultos comienzan a identificarse con una
idea de sí mismos en vez de hacerlo con la realidad de sus
sentimientos y experiencias actuales. Su vida se divide entre imagen
y realidad, entre lo que se piensa que se es y lo que realmente se
es. Se produce en el adulto una suerte de fragmentación de la
conciencia, pues cuando intenta lograr su propósito (laboral,
económico, profesional, etc.) se vuelve preso de los temores al
fracaso. Surge luego, la necesidad de impresionar favorablemente,
pues él no quiere echar a perder su imagen en quien le importa.
Expectativas y miedos se perpetúan consecutivamente, en una suerte
de espiral. El adulto quiere alcanzar el criterio de estimación o
aceptación contra sus propios miedos, aunque ese criterio no guarde
relación alguna con su verdadera esencia.
En la terapia guestáltica se busca precisamente unir
estos fragmentos del hombre en un todo coherente y armónico. Para
esta vertiente terapéutica es posible recomponer la comunicación
entre las ideas acerca de sí mismo con las reales vivencias. La
capacidad de insight permite reconocer las sensaciones y
experiencias, otorgándole al individuo una nueva oportunidad, la de
aceptar esa experiencia tal y como ella es. Existen ejercicios para
ampliar el propio estado de la conciencia ...
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